
CONTENTO vi a Amancio Prada en la gala de los premios Xarmenta en el Bérgidum y contenta por ende su guitarra favorita, más conocida como «la ponferradina», digo contenta recordando mi primer ejercicio de traducción al latín cuando tenía diez años. «La guitarra que yo toco/siente como una persona/unas veces canta y ríe/otras veces gime y llora». Feliz y orgulloso se le veía, luciendo el signo de la medalla del mérito agrícola ganada por su padre Nicolás, maestro de fruticultores con quien compartí aventuras furtivas de pesca, querencia que nos llevó a comprobar que en el río Jordán no había peces y el agua tampoco era buena.
Largas
charlas de mesa y mantel en la acogedora casa de Dehesas, inquietudes
compartidas para mejorar su pueblo desde la representatividad que le reiteraban
sus convecinos, trabajador infatigable, deportista nato que se vio obligado a
ganar un concurso internacional de pesca subacuática, porque en aquel momento
no había otro dispuesto a tirarse al agua y España, dijo, no podía quedar en
mal lugar.
Todo
eso y mucho más mantiene vivo el recuerdo de mi amigo Nicolás a quien su hijo
mayor trasladó el protagonismo del acto y con él a cuantos en una sola generación pasaron del arado romano a la modernidad, que
nosotros, dijo, somos más romanos que celtas. Y los gallegos suevos, pensé yo.
Rematando aquella velada en el Palacio de Canedo junto al joven cantautor
berciano Aínda, recordábamos un poema de Amancio titulado «labregos», homenaje
a aquellos esforzados que iban cantando por los caminos, silbando a trabajar,
«aínda co peso da noite nos ollos», reivindicando su memoria y lamentando lo
poco que ahora se canta por cantar como se cantaba en tiempos de privaciones
crónicas, demostrando en su discurso el cantautor de Dehesas que si bueno es
cantando no lo es menos contando y tan buen poeta como músico, ante un
auditorio rebosante de presencia, complicidad y entrega, dispuesto a reír con
el grupo de teatro Vagalume y a disfrutar con artistas de aquí y de allá como
Uxía, Rapabestas, Sigma, Argentina Frey o el ya citado Aínda, juntas todas las
voces en este Bierzo mestizo, remanso de las hablas mestas en pequeños
asentamientos rurales donde la lengua va por barrios.
Recordábamos
a Teófilo Caamaño, vagabundo libertario cuya memoria permanece entre nosotros y
bien merecería columna propia, ya que no cuajó en su momento un libro de
historia viva, homenaje a aquel gallego universal que cantaba con la solemnidad
de un arcángel.
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de León
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