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VIVIR
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Amancio Prada abre 'Poesía en el Laurel' ante mil asistentes
El cantautor recitó a San Juan de la
Cruz, Juan.Ramón Jiménez y García Lorca con una voz .dulce y armoniosa que
embelesó al público
ROMÁN
URRUTIA/LA ZUBIA
La portada del convento de San Luis y
sus casi seis siglos de historia fueron el decorado perfecto para un escenario
que se completaba con laureles y castaños, y que albergó la noche del martes el
primer recital del ciclo 'Poesía en el Laurel', que se desarrollará a lo largo
del presente mes en la Zubia bajo la coordinación del poeta Pedro Enríquez. Y
también fue perfecto el protagonista, Amancio Prada, un poeta que canta los
versos de los escritores más universales y que hizo de Rosalía de Castro su
bandera.
Apenas habían desaparecido los últimos
rayos de sol cuando los acordes de la guitarra de Prada y el chelo de su más
reciente compañera de recitales, Sasha Crisan, comenzaron a resonar ante un
silencioso y expectante público que alcanzó el millar, unos acordes que
interrumpió para pedir al respetable que escuchase el canto de los grillos:
«Delicioso ¿no les parece?». Una primera muestra de la sensibilidad de un
cantante que, lejos de perder fuerza con los años, ha ganado en sensibilidad y
en saber transmitir serenidad a un público con el que se identificó apenas
transcurridos unos minutos.
La voz dulce y armoniosa, como para que
encajara en el entorno, y un convento con público de excepción: un nutrido
grupo de ancianas monjas mercedarias a las que Prada dedicó dos sus temas para
agradecer «que podamos estar aquí».
Morente y
Moratalla
Las historias, los comentarios sobre
sus viajes y sus conciertos -«en Chile, miren ustedes por donde- aprendí una
canción de mi tierra». Recordó aquel Carmen de Los Mártires con su convento, a
su buen amigo Eduardo Castro, que le sorprendió convirtiéndose por unos minutos
en recitador de poemas, también a dos Enriques casi universales, Moratalla y
Morente. El primero le presentó diciendo que «pasea la palabra hecha música con
elegancia y personalidad», y el segundo le escuchaba embelesado confundido
entre un público que apenas notó su presencia, porque, al igual que Prada,
derrochó una difícil cualidad en los grandes hombres, la modestia. Entre los
asistentes, escritores, políticos y unas autoridades que esa noche dejaron de
serlo porque quienes mandaban allí eran la música y la poesía.
Prada realizó un escogido repaso a toda
su discografía y sus habituales, desde San Juan de la Cruz a Juan Ramón
Jiménez, pasando por Lorca -el día 18 en Víznar ofrece un concierto con poemas
del granadino- y, cómo no, Rosalía de Castro, que le hizo emocionarse cuando
presentó su tema 'Adiós ríos, adiós montes'. De Lorca cantó un poema que decía
«es imposible callar a la guitarra», y el público, al final, pidió que ni la
suya ni su voz se callaran, por eso, después de emocionarles con 'Libre te
quiero', una canción con letra del filósofo ácrata Agustín García Calvo que
llegó a ser casi un himno al amor en los años 70, se armó con su zanfonia y
cantó el 'Romance del enamorado y la muerte'.
Prada dejó huella en los jardines del
Laurel de La Reina, la huella de una dulzura en la voz y un sentimiento que ha
crecido con los años. Sencillamente exquisito.
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