FESTIVAL DE POESÍA

Prada y Moratalla encienden la luz de Juan Ramón


JUAN JESÚS GARCÍA/GRANADA
'La luz de Juan Ramón'. Éste es el nombre que han puesto conjuntamente Enrique Moratalla y Amancio Prada a los conciertos que han dado en Granada y Huelva estos días. Lo de Juan Ramón parece un argumento como otro cualquiera para que ambos se unan sobre un escenario, ya que el poeta de Moguer no estuvo más que en un par de ocasiones 'iluminando' ambos repertorios.

Moratalla merecía ya un concierto en el Isabel la Católica después de hacerse una buena ruta de plazas menores y no siempre muy receptivas. La oscuridad y el silencio de un teatro cerrado ayudan a recibir sus canciones, a asirlas en toda su intencionalidad. Solo, con el piano de David Hurtado o la guitarra de Vicente Coves, Moratalla ha encontrado un formato desnudo para que destaque el dramatismo de sus interpretaciones, ya que se deja poseer por las palabras que canta con una intensidad que no es frecuente en los escenarios actuales; eligiendo, además, algunos textos que por su calado le permiten un fuerte subrayado emocional. Así el 'Instante', de Aleixandre, los 'Ojos que dicen cosas', de J. C. Rosales, o la completamente cambiada 'Ciudad', de Sánchez Muros, estremecen con la gravedad interpretativa con las que las enfrenta.

También avanzó el nuevo trabajo discográfico con el 'Chiquilín de Bachín', de Horacio Ferrer y Piazzolla, y empuñó la bandera de los ausentes con su adaptación del 'Eso lo digo yo', rescatado del cancionero de Manifiesto Canción del Sur.

Programa aleatorio

Amancio Prada, reciente Premio de las Artes de Castilla y León, se presentó esta vez acompañado de dos chelistas y un programa aleatorio que recorrió toda su obra. Sin más apoyo que la madera, las canciones de Prada ganan en ingravidez y melancolía, si bien en ocasiones los arreglos doblaban al berciano haciendo segundas voces en un emocionante coro.

Al medieval 'Romance del conde Arnaldo' siguió el recuerdo directo de Juan Ramón, con una de las canciones que él musicó hace años, 'El alegre titiritero', unido al 'Te pierdo amada mía', traducción de Tagore que, en su momento, hizo su esposa Zenobia.

El tiempo no parece pasar por la voz del zamorano, impecable en el abrasador juego de modos mayores y menores que encoge el alma y ahonda el silencio. En sus conciertos el crujido de una butaca llega a doler y el de una máquina de fotos parece un trueno. La sutileza, afinación y maniobrabilidad de su intensa voz ayuda a construir el clima de emocionada receptividad tan suyo.

Sublime

Con los lorquianos 'Sonetos del amor oscuro' y dos canciones de san Juan, se apuró al Prada más doliente, que el hombre también tiene su parte menos mística y más mundana: así entró en el disco del malogrado Chicho Sánchez Ferlosio por sevillanas y un polo margariteño antes de invitar al baile a Carmiña, en una cantiga propia de este tiempo.

Para el final se reservó tres de sus temas eternos mientras pedía la oportunidad de poder cantar en el Carmen de los Mártires, «donde Juan de la Cruz ultimó su Cántico». Así, una de las pocas canciones de su autoría, 'Tengo en el pecho una jaula', junto el 'Adiós ríos...', de Rosalía, y la siempre vigente 'Libre te quiero', que hiciera con García Calvo ,despidieron el concierto, prolongado a última ahora (bien pasada la media noche) con una coplilla popular a zanfona y voz. Sublime, como siempre.


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