Portada Ediciones: León El Bierzo
DIARIO DE LEON, 26 DE MARZO 2006
MIGUEL A. VARELA
NO HABÍA MANZANOS en Dehesas hacia la primera mitad de los setenta del siglo pasado, antes de que el padre de Amancio diera de beber a un tierra que hasta entonces sólo había visto pasar el agua. Aunque lo que yo me pregunto es cómo era el mundo esos días. A qué sabían los cafés en las terrazas de París. Qué sentían los chilenos del exilio leyendo a Cortázar y soñando el día en que pisarían nuevamente las calles ensangrentadas. Cómo olían los amantes que escuchaban a Rosalía con un rapaz venido de un país fronterizo y difuso como médium. Amancio tenía entonces una barba ácrata en la que Ángel Ruiz dibujó después casas de pizarra y carros de bueyes de un mundo rural que aquel muchacho dejó para irse a la capital francesa a respirar un poco de lo que entonces no existía al sur de los Pirineos. Allí descubrió el poder de la palabra cantada, con el que desde entonces mantiene un pacto fructífero y gozoso. Treinta años y veinticinco discos después, Amancio Prada ha sido capaz de mantener en pie el milagro de la comunión con la palabra poética en un ritual antiguo cuyo secreto ya nadie conoce y cuyo misterio ha sido profanado por la estulticia de la mercadotecnia. Por encima de modas impuestas, de tendencias planificadas en despachos, de falsos triunfos prefabricados, en este tiempo ha puesto su voz al servicio de la belleza en grabaciones de culto y en conciertos que estremecen, dentro y fuera de nuestras fronteras, más allá de los mapas culturales y políticos que dibujan los tecnócratas sin talento. Quiero pensar que quizá por eso Amancio reciba ahora el Premio de las Artes de Castilla y León.
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