El sentido más hondo de las palabras

 

 

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Amancio Prada convirtió ayer el Auditorio en una gran caja de resonancias para la poesía humanista y libertaria de Ferlosio

 

 

Mª Dolores García león

 

 

No deja de ser una feliz casualidad el que se celebre el centenario de un periódico con palabras hechas canciones, pues ambos son  sinónimo del día a día efímero. Tal coincidencia deriva de esa necesidad de saber del mundo que nos rodea de las más variadas formas. Primero fueron ellos, los trovadores, los poetas de la calle que devolvían al ciudadano de a pie cuanto del pueblo recogían. Sus dimes y diretes y hasta sus protestas eran aderezados con bellas melodías y agudos ripios que, al igual que una píldora, con azúcar entraban mejor. La realidad era así dulce al paladar y fuego al digerir. Luego llegó la letra impresa.

 

Pero si en la palabra está toda la magia encerrada, el devenir de las cosas también precisa del aire que las eleve, las disperse y las difunda, y ese aire está en la música y en la voz que la interpreta. Amancio, en este sentido, ha servido como nadie a esa necesidad  popular de hacer correr la noticia edulcorada con las  mejores melodías.

 

Y anoche cantó para los leoneses y para todo aquel que lleva en su andar la huella escrita de la palabra con la que transita en la vida. Uno puede verse reflejado perfectamente en sus canciones, porque son servidas con la misma habilidad con la que un buen reportero descubre y difunde la noticia.

 

Que el Diario de León  haya cumplido 100 años, es, como dice Amancio Prada, casi un milagro en unos tiempos en los que es difícil que permanezca algo. Somos hijos de la edad de lo «desechable» y del reciclaje, por eso que algo llegue hasta nuestros días íntegro y con la misma fuerza con la que fue concebido desde sus inicios, es una prueba de que todavía queda en el hombre el mismo afán de pervivencia.

 

Un periódico necesita su difusión y algo de mágico deben tener sus palabras escritas cuando esas letras fugaces que envuelven el devenir diario se hacen ahora ya centenarias, y por siempre eternas. Pero el hombre también necesita darle sentido a esa fugacidad con la que va perdiendo los días, de ahí que requiera también al cantor. Y así palabra y voz, música y poesía, van saciando la eterna sed del hombre insatisfecho. Para que todo siga su curso, para que el río no se seque es necesaria la fuente.