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Entries in guestbook
Julio Ojea
Tuesday, 09 March 2010




En este mio descarado atrevimiento, de querer hacer ver mis cuadros a uno de los artistas que màs he admirado toda la vida hay algo de... Despuès de tanto preambulo me he perdido. De todas formas, gracias.
Julio Ojea
julioojea@virgilio.it
http://www.youtube.com/watch?v=rSko73Ga5Sg
09/03/10
Julio Ojea
julioojea@virgilio.it
http://www.youtube.com/watch?v=rSko73Ga5Sg
09/03/10
Isabel
Thursday, 04 February 2010




Paisanín! Espero y deseo que hayas pasado un FELIZ día de CUMPLEAÑOS. Sé que estás en Chile donde espero que todo te esté saliendo requetebien, que te hayas sentido querido, valorado y admirado por todos los que te rodeen y vuelve pronto que aquí te necesitamos, eres nuestro padre espiritual! Estamos deseando ver tu nuevo "hijo", ese disco de las "Coplas por la muerte de su padre" y verte a tí en algún que otro concierto. un beso de tu fan más fan de todas las fans! Pombiña
Isabel
04/02/10
Isabel
04/02/10
Annie
Wednesday, 03 February 2010




Amancio, un añito más !
Feliz cumpleaños de parte de esta empedernida admiradora.
Que seas feliz
Annie
03/02/10
Feliz cumpleaños de parte de esta empedernida admiradora.
Que seas feliz
Annie
03/02/10
Ángel Crespo
Wednesday, 03 February 2010




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FELIZ CUMPLEAÑOS AMANCIO!
Me reencontré justo ayer con estos versos, y vino a mí tu recuerdo. Es mi regalo, disfrútalo.
NOTICIA DE LA ALONDRA
De llama era la alondra (no su pluma
ni el cristal de sus ojos)
que, suspensa en el aire,
quemaba luz naciente,
con su aleteo haciéndose a sí misma.
Ardía el canto en chispas repetido
igual que arde en la hoguera
crepitante romero
(no la estrella fugaz
que no sabe aplaudirse en su caída).
Del aire al aire, de su vuelo al pájaro,
de aquél en poco cuerpo,
de ése estático, de éste
en pleno ardor cantado,
tan sólo el fuego supo dar noticia.
Ocupación del fuego. Ángel Crespo
n.t.
hymnica@yahoo.es
03/02/10
Me reencontré justo ayer con estos versos, y vino a mí tu recuerdo. Es mi regalo, disfrútalo.
NOTICIA DE LA ALONDRA
De llama era la alondra (no su pluma
ni el cristal de sus ojos)
que, suspensa en el aire,
quemaba luz naciente,
con su aleteo haciéndose a sí misma.
Ardía el canto en chispas repetido
igual que arde en la hoguera
crepitante romero
(no la estrella fugaz
que no sabe aplaudirse en su caída).
Del aire al aire, de su vuelo al pájaro,
de aquél en poco cuerpo,
de ése estático, de éste
en pleno ardor cantado,
tan sólo el fuego supo dar noticia.
Ocupación del fuego. Ángel Crespo
n.t.
hymnica@yahoo.es
03/02/10
Cristina
Thursday, 21 January 2010




Simplemente agradecer su música y animar a Amancio Prada a volver a los teatros con ese precioso disco de Trovadores, místicos y románticos.
El año 2010 comenzó melancólico y sin sentido, Haití, lo personal, etc.
De pronto di con ese disco y la belleza de su poesía me abrió el corazón y volvio la fe en la vida.
Bueno, simplemente esta muestra de agradecimiento para que este gran trovador sepa que su música es un bebedizo curativo, que hace rebrotar lo mejor que hay en uno mismo, y que alumbra lo cotidiano con palabras sencillas y esenciales.
Gracias
Cristina
21/01/2010
El año 2010 comenzó melancólico y sin sentido, Haití, lo personal, etc.
De pronto di con ese disco y la belleza de su poesía me abrió el corazón y volvio la fe en la vida.
Bueno, simplemente esta muestra de agradecimiento para que este gran trovador sepa que su música es un bebedizo curativo, que hace rebrotar lo mejor que hay en uno mismo, y que alumbra lo cotidiano con palabras sencillas y esenciales.
Gracias
Cristina
21/01/2010
Jesús
Wednesday, 30 December 2009




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En 2005 eecribí lo siguiente en este libro de visitas: "Desde que conocí el disco de los Sonetos del Amor Oscuro de Lorca, ese disco está permanentemente conmigo". Hoy aún permanece en el cargador de cd de mi coche. Todos los demás discos van rotando. Sólo éste permanece. Quiebra juncos y arroyos delicados, bebe en muslo de miel sangre vertida, pero pronto, que unidos, enlazados, boca rota de amor y alma mordida, el tiempo nos encuentre destrozados.
Si desean ver las letras de Georges Brassens en español, visiten mi página: www.brassensenespanol.net
Jesús locali2001
locali2001@yahoo.fr
Si desean ver las letras de Georges Brassens en español, visiten mi página: www.brassensenespanol.net
Jesús locali2001
locali2001@yahoo.fr
hymnica
Thursday, 22 October 2009




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Hola Amancio,
Le escribo estas pocas líneas espoleada por el recital que generosamente ofreció el día 15 en el Paraninfo de la Universidad. La última vez que tuve la oportunidad de verle y escucharle en directo fue hace siete años, y por cosas de la vida no había tenido ocasión de repetir tal experiencia. Borges escribió que todos los paraísos son paraísos perdidos, y José Ángel Valente que nada tiene más fuego que la ausencia. Y es que después de tan larga sequía allí yo ardí como la yesca.
Estoy deseando escuchar su nuevo trabajo sobre las coplas de Manrique; así pues reciba todo mi cariño y, hasta otro día.
n.t.
22/10/09
hymnica@yahoo.es
Le escribo estas pocas líneas espoleada por el recital que generosamente ofreció el día 15 en el Paraninfo de la Universidad. La última vez que tuve la oportunidad de verle y escucharle en directo fue hace siete años, y por cosas de la vida no había tenido ocasión de repetir tal experiencia. Borges escribió que todos los paraísos son paraísos perdidos, y José Ángel Valente que nada tiene más fuego que la ausencia. Y es que después de tan larga sequía allí yo ardí como la yesca.
Estoy deseando escuchar su nuevo trabajo sobre las coplas de Manrique; así pues reciba todo mi cariño y, hasta otro día.
n.t.
22/10/09
hymnica@yahoo.es
eva blanco
Tuesday, 29 September 2009




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Querido y en el tiempo y la distancia recordado Amancio te escribo desde mi huerto de lechugas donde a veces vienen a visitarme tus jilgueros tambien tengo geranios en flor como solias tener en Segovia treinta años atras pienso tambien que te escribo desde la libertad que en aquellos años me pediste no perdiera nunca y te escribo para que me escribas porque aun soy tu amiga exactamente igual a aquel aliento de libertad abocanadas rubias que conocieras en Venezuela. Te mando un oceano de besos hoy a ti amigo...Te quiero.
29/09/09
evablanco777@hotmail.com
29/09/09
evablanco777@hotmail.com
Jesus Garcia Trevijano
Saturday, 26 September 2009




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Conozco a alguien muy especial, alguien que me hizo sentir un "primer día" cada vez que estuvo cerca de mi. Apenas ha conocido una parte ínfima de tu musica y sin embargo ha llorado en el suave arrullo de tu voz. Una y otra vez, te ha seguido por los campos de Ardanza, como el caballo que huye de su sombra en la antifona de otoño.Esa persona es para mí, mi patria, mis padres y mi dicha y por ella supe como el cielo bocabajo se volcaba y ya no se sabía de quien la lengua o de quien la saliva: Tú que tan dulcemente besas....
Nunca te ha visto, no ha tenido la fortuna de verte. Pero te guarda igual que guarda mis pobres versos entre las olorosas sabanas de un ajuar hecho con los jirones de su corazón. Cuando veo a tantos que te siguen, cuando yo te veo, cuando tengo a tanta gente cerca que se arroba en el pálpito vivo de tu voz me acuerdo de aquella otra persona que se trenzó a la vida enamorandose de unas pocas canciones tuyas. Si alguna vez me la vuelvo a encontrar, prometo llevarle la llama de amor viva, que aún prende entre mis manos.Haré que me siga hasta donde brote tu primer concierto, y me quedaré esperando su sorpresa hecha brillo en sus ojos hasta que una lagrima de felicidad enjugue tanto dolor y tanta espera....
Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va...
Jesus Garcia Trevijano
26/09/09
Jgarcitrev@hotmail.com
Nunca te ha visto, no ha tenido la fortuna de verte. Pero te guarda igual que guarda mis pobres versos entre las olorosas sabanas de un ajuar hecho con los jirones de su corazón. Cuando veo a tantos que te siguen, cuando yo te veo, cuando tengo a tanta gente cerca que se arroba en el pálpito vivo de tu voz me acuerdo de aquella otra persona que se trenzó a la vida enamorandose de unas pocas canciones tuyas. Si alguna vez me la vuelvo a encontrar, prometo llevarle la llama de amor viva, que aún prende entre mis manos.Haré que me siga hasta donde brote tu primer concierto, y me quedaré esperando su sorpresa hecha brillo en sus ojos hasta que una lagrima de felicidad enjugue tanto dolor y tanta espera....
Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va...
Jesus Garcia Trevijano
26/09/09
Jgarcitrev@hotmail.com
Montserrat
Tuesday, 21 July 2009




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Mi muy admirado y respetado señor Amancio Prada:
Soy Velázquez. No el que se inmortalizó a si mismo siempre pintando a quien se le pusiera por delante, ya sea curioso estudiador de su famoso cuadro o simple paseador de pinturas conocidas. No. Soy el otro. Soy el que habita en Barcelona, producto de una llama, o de una herida en el alma, o de un desmayo en el más recóndito pliegue de la mente, o de un extremo dolor en la retina, o de un dardo convertido en mano (otra cosa no es ni será jamás un fino pincel) de un pintor llamado Picasso, también conocido y admirado, quizá tanto como yo, como el otro yo, aquel que mora en un inmenso museo de Madrid, atento a cualquiera que quiera mirarle, pintor permanente de todo y de todos por los siglos de los siglos.
Oso escribirle para contarle muy por encima lo que me sucedió hace pocos días, un domingo. Intuyo que lo que pueda decirle debe ser cosa conocida para usted, harto conocida tal vez, pero su carácter rotundamente insólito para mí me mueve a ponerlo en negro sobre blanco, como suele decirse.
Vaya por delante que jamás, en los años que llevo habitando ese pequeño palacio de Barcelona -nada que ver con los grandes museos que andan esparcidos por ahí-, jamás, decía, nada ni nadie me habían hecho salir de mi cuadro (digo mío por decir, ése no lo pinté yo, contrariamente a lo que acontece con el que se exhibe en Madrid, con el otro). Incluso duermo dentro del lienzo, quieto, muy quieto, entre meninas extravagantes que también se duermen inmediatamente una vez apagadas las luces, rendidas por el esfuerzo sobrehumano de mantenerse estáticas durante todo el larguísimo día ante la mirada ávida y curiosa de centenares de turistas. Llegada la noche, las meninas picassianas se duermen. Yo me duermo.
Pero no me dormí hace pocos días, un domingo. Sucedió que, iniciada la tenue noche de verano, llegó hasta el lienzo donde vivo, y lo acarició, y lo penetró, una voz blanca como la espuma de las olas, aquella espuma de nieve burbujeante y altivez que se derrama, la boca abierta rebosante de algo que le sobra, de algo que transporta de manera urgente, puro vértigo, hacia un destino sólido, roca o arena, que la sepa acoger, que la sepa beber. Tal fue la sorpresa que salí del lienzo. Las meninas, mis pobres y extenuadas meninas, ni se enteraron. Y busqué una ventana. Una ventana abierta a la noche de Barcelona, allá, fuera de las antiguas murallas, en un palacio de la calle más noble de la ciudad de hace tres siglos, una ventana abierta al patio donde antaño entraban los carruajes cuando, por fin y a Dios gracias, habían llegado a su destino. Y le vi a usted. Blanco. La voz que había estremecido mis fibras pintadas sobre tela venía de un hombre enteramente blanco. Blanco su ataví
o, blancos sus cabellos, blancas sus manos, blancos sus instrumentos musicales (dos, blancos los dos), blanco su mensaje blanco. Blanca su palabra.
No crea, señor Prada, que le contemplaba un fantasma. No. No aspiro a ser un fantasma de mí mismo, Dios me libre de tamaña ocurrencia. Los fantasmas, supongo yo, deben ser seres sin un trabajo fijo que se aburren sobremanera durante el día. Y día tras día. Yo no me aburro. Me canso, pero no me aburro. El lento paseo de los turistas por delante de mí, sus caras diversas, a veces incluso dispersas, sus comentarios variados formulados en lenguas más variadas aún, me evitan la eterna condena al tedio. Por otro lado, la ardua tarea de mantener mi pose firme, inalterable, durante horas y más horas, me tiene los huesos casi destrozados y los riñones mudados en piedras quejumbrosas. Y los fantasmas, por la noche, tienen que estar enteros. No, no fue el fantasma de mí sino yo mismo (no el de Madrid sino el otro) quien se mantuvo de pie, huesos y riñones conmigo, asomado a una ventana antigua durante más de una hora, viendo y escuchando y casi tocando una voz blanca como nunca había oí
do otra. La suya, señor Amancio Prada. Nadie me vio, por supuesto. ¿Quién iba a mirar hacia arriba, teniendo una voz blanca delante de las narices? (mis disculpas por lo coloquial de la expresión).
¡Cómo me emocionó usted, señor Prada! ¡Cómo languidecí con aquellos versos, con aquellos sinsabores, con aquellas vaguedades, con aquellos sueños soñados por otros soñadores hace montones de años! ¡Y cómo sonreí cuando casi se le cae a usted la guitarra, convertida en una espectadora más, atenta a su lado y de pronto tocada de forma imprevista por una mano blanca que dibujaba trenzas salvadoras en el aire extasiado de la noche barcelonesa! ¡Y cómo me reí con aquel señor, sabio señor, que no se quería levantar de la cama ni aún con la suculenta y perversa trampa de un plato de jamón! ¡Y cómo me engañó usted por unos breves momentos haciendo pasar como suyos unos versos conocidísimos, ciertamente adolescentes, eso sí! ¡Y cómo me gustó que a todos nos hiciera compartir el lujo de contar en aquel patio (mi patio) con una princesa catalana de voz estremecedora, quizás como la que enamoró a aquel rey don Sancho de tierras y tiempos remotos!
Una noche maravillosa. Una hora nocturna como un gajo de fruta fresca. Fuera de mi lienzo. Por primera vez. Y se lo debo, señor Prada, mi muy respetado y admirado señor Prada. Yo no sabía que usted existiera. Ya ve: los prisioneros de los cuadros nos perdemos muchas cosas. Usted sí sabe que existe (¡menuda tontería acabo de soltar!). Y debe de haber visto infinidad de veces los cuerpos inmóviles, los ojos extasiados ante sí. Eso no tiene que ser para usted nada nuevo. Pero si me he atrevido a contarle la noche más insólita que he pasado en el Museo Picasso de Barcelona, donde vivo, es porque para mí sí fue, aquel, un momento distinto, conmovedor. El único que me ha hecho abandonar el cuadro donde el capricho de Picasso me encerró hace ya mucho tiempo y asomarme a una ventana para contemplar, asombrado, un mundo presidido al fin por el bendito color blanco.
Por muy insignificante que sea mi voz (en este caso mi pluma) y por muy altaneras que le puedan sonar mis palabras, déjeme decirle algo: no se acostumbre nunca a si mismo, señor Prada, no deje de sorprenderse siempre de las alturas -allá donde residen las ventanas de los palacios de quien sabe qué mundos- que usted es capaz de alcanzar.
Perdóneseme tanto atrevimiento...
___Vélázquez. El otro.___
Montserrat
21/07/09
moncor57@hotmail.com
Soy Velázquez. No el que se inmortalizó a si mismo siempre pintando a quien se le pusiera por delante, ya sea curioso estudiador de su famoso cuadro o simple paseador de pinturas conocidas. No. Soy el otro. Soy el que habita en Barcelona, producto de una llama, o de una herida en el alma, o de un desmayo en el más recóndito pliegue de la mente, o de un extremo dolor en la retina, o de un dardo convertido en mano (otra cosa no es ni será jamás un fino pincel) de un pintor llamado Picasso, también conocido y admirado, quizá tanto como yo, como el otro yo, aquel que mora en un inmenso museo de Madrid, atento a cualquiera que quiera mirarle, pintor permanente de todo y de todos por los siglos de los siglos.
Oso escribirle para contarle muy por encima lo que me sucedió hace pocos días, un domingo. Intuyo que lo que pueda decirle debe ser cosa conocida para usted, harto conocida tal vez, pero su carácter rotundamente insólito para mí me mueve a ponerlo en negro sobre blanco, como suele decirse.
Vaya por delante que jamás, en los años que llevo habitando ese pequeño palacio de Barcelona -nada que ver con los grandes museos que andan esparcidos por ahí-, jamás, decía, nada ni nadie me habían hecho salir de mi cuadro (digo mío por decir, ése no lo pinté yo, contrariamente a lo que acontece con el que se exhibe en Madrid, con el otro). Incluso duermo dentro del lienzo, quieto, muy quieto, entre meninas extravagantes que también se duermen inmediatamente una vez apagadas las luces, rendidas por el esfuerzo sobrehumano de mantenerse estáticas durante todo el larguísimo día ante la mirada ávida y curiosa de centenares de turistas. Llegada la noche, las meninas picassianas se duermen. Yo me duermo.
Pero no me dormí hace pocos días, un domingo. Sucedió que, iniciada la tenue noche de verano, llegó hasta el lienzo donde vivo, y lo acarició, y lo penetró, una voz blanca como la espuma de las olas, aquella espuma de nieve burbujeante y altivez que se derrama, la boca abierta rebosante de algo que le sobra, de algo que transporta de manera urgente, puro vértigo, hacia un destino sólido, roca o arena, que la sepa acoger, que la sepa beber. Tal fue la sorpresa que salí del lienzo. Las meninas, mis pobres y extenuadas meninas, ni se enteraron. Y busqué una ventana. Una ventana abierta a la noche de Barcelona, allá, fuera de las antiguas murallas, en un palacio de la calle más noble de la ciudad de hace tres siglos, una ventana abierta al patio donde antaño entraban los carruajes cuando, por fin y a Dios gracias, habían llegado a su destino. Y le vi a usted. Blanco. La voz que había estremecido mis fibras pintadas sobre tela venía de un hombre enteramente blanco. Blanco su ataví
o, blancos sus cabellos, blancas sus manos, blancos sus instrumentos musicales (dos, blancos los dos), blanco su mensaje blanco. Blanca su palabra.
No crea, señor Prada, que le contemplaba un fantasma. No. No aspiro a ser un fantasma de mí mismo, Dios me libre de tamaña ocurrencia. Los fantasmas, supongo yo, deben ser seres sin un trabajo fijo que se aburren sobremanera durante el día. Y día tras día. Yo no me aburro. Me canso, pero no me aburro. El lento paseo de los turistas por delante de mí, sus caras diversas, a veces incluso dispersas, sus comentarios variados formulados en lenguas más variadas aún, me evitan la eterna condena al tedio. Por otro lado, la ardua tarea de mantener mi pose firme, inalterable, durante horas y más horas, me tiene los huesos casi destrozados y los riñones mudados en piedras quejumbrosas. Y los fantasmas, por la noche, tienen que estar enteros. No, no fue el fantasma de mí sino yo mismo (no el de Madrid sino el otro) quien se mantuvo de pie, huesos y riñones conmigo, asomado a una ventana antigua durante más de una hora, viendo y escuchando y casi tocando una voz blanca como nunca había oí
do otra. La suya, señor Amancio Prada. Nadie me vio, por supuesto. ¿Quién iba a mirar hacia arriba, teniendo una voz blanca delante de las narices? (mis disculpas por lo coloquial de la expresión).
¡Cómo me emocionó usted, señor Prada! ¡Cómo languidecí con aquellos versos, con aquellos sinsabores, con aquellas vaguedades, con aquellos sueños soñados por otros soñadores hace montones de años! ¡Y cómo sonreí cuando casi se le cae a usted la guitarra, convertida en una espectadora más, atenta a su lado y de pronto tocada de forma imprevista por una mano blanca que dibujaba trenzas salvadoras en el aire extasiado de la noche barcelonesa! ¡Y cómo me reí con aquel señor, sabio señor, que no se quería levantar de la cama ni aún con la suculenta y perversa trampa de un plato de jamón! ¡Y cómo me engañó usted por unos breves momentos haciendo pasar como suyos unos versos conocidísimos, ciertamente adolescentes, eso sí! ¡Y cómo me gustó que a todos nos hiciera compartir el lujo de contar en aquel patio (mi patio) con una princesa catalana de voz estremecedora, quizás como la que enamoró a aquel rey don Sancho de tierras y tiempos remotos!
Una noche maravillosa. Una hora nocturna como un gajo de fruta fresca. Fuera de mi lienzo. Por primera vez. Y se lo debo, señor Prada, mi muy respetado y admirado señor Prada. Yo no sabía que usted existiera. Ya ve: los prisioneros de los cuadros nos perdemos muchas cosas. Usted sí sabe que existe (¡menuda tontería acabo de soltar!). Y debe de haber visto infinidad de veces los cuerpos inmóviles, los ojos extasiados ante sí. Eso no tiene que ser para usted nada nuevo. Pero si me he atrevido a contarle la noche más insólita que he pasado en el Museo Picasso de Barcelona, donde vivo, es porque para mí sí fue, aquel, un momento distinto, conmovedor. El único que me ha hecho abandonar el cuadro donde el capricho de Picasso me encerró hace ya mucho tiempo y asomarme a una ventana para contemplar, asombrado, un mundo presidido al fin por el bendito color blanco.
Por muy insignificante que sea mi voz (en este caso mi pluma) y por muy altaneras que le puedan sonar mis palabras, déjeme decirle algo: no se acostumbre nunca a si mismo, señor Prada, no deje de sorprenderse siempre de las alturas -allá donde residen las ventanas de los palacios de quien sabe qué mundos- que usted es capaz de alcanzar.
Perdóneseme tanto atrevimiento...
___Vélázquez. El otro.___
Montserrat
21/07/09
moncor57@hotmail.com
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