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Amancio Prada interpretado por

 

María Zambrano


Desde que las Artes se separaron ganando independencia, se quedó la palabra, pensamiento, poesía, sin voz. Encontró la música las liturgias tradicionales y, mientras, la palabra encontró la libertad y el camino propio. Y así las obras maestras de la poesía no han encontrado ni siquiera aproximadamente la voz a ellas debida, salvo en alguna rara excepción. El esplendor de la ópera es a costa de la pobreza y hasta de la humillación de la palabra poética.

Antes, en la Grecia Antigua, el pensamiento se cantaba y hasta se enseñaba a leer acompañándose de la lira. Poemas cantados eran los textos fundamentales del pensamiento filosófico -Parménides- en unidad íntima. Y la oración ya en el orbe católico había de ser dicha en alta voz. Y los suspiros y el llanto del éxtasis eucarístico se oían juntamente con el rumor humano de la plazoleta. Y el gorjeo de los pájaros se escuchaba entreverado por el grito de dolor que salva de la angustia. Y así en el Cántico de San Juan de la Cruz cantado por Amancio Prada viene a suceder. Donde se oyen los silencios de la noche de Segovia, de aquella noche única, nacida de la memoria enamorada. El fluir del tiempo transparente donde se da el poema, cima de la poesía en nuestro idioma, cima universal pues. Ni una sola palabra se nos pierde allí donde se da a conocer privilegiadamente en su milagroso presente. No se pierde en la hermosura, no se embriaga en la voz ni un instante. Música y voz no aparecen, pues, añadidas, sino extraídas del poema mismo. Nupcias de palabra y musicalidad. Y algo más inaudible sin duda. Nupcias celebradas allí, en las "subidas cavernas de la piedra", "al monte y al collado do mana el agua pura". Alguna gota de esa agua bebida de ese secreto manantial vivifica este canto de Amancio Prada

María Zambrano


Juan Carlos Marset

CANTOR MÍTICO

En la voz de Amancio Prada ocurre lo que en el mundo arcaico se decía de ciertos cantores legendarios: a los sones de su canto acuden a pacificarse las bestias, el agua de los ríos cambia su curso, las piedras y los árboles descienden de los montes, y aún estos, conmovidos como serpientes heridas o pájaros enjaulados, no pueden resistirse a la llamada. Buscan un lugar nuevo hacia aquella flor de música que se les ofrece, y les arrebata, y que al resonar en el cáliz de la voz templada, les recorría a sólo Dios sabe qué tonalidad originaria, qué pura visión del sentir, donde les alumbra la íntima e insólita, lucífera palabra musical. Alza el vuelo la voz y su canto excede el aletear de sus canciones, verdadero poeta creador, Amancio Prada oficia con su canto el rito inmemorial del alma que sale del cuerpo y busca su muerte en las alturas, que arranca del cuerpo toda la muerte y se la lleva consigo a la región del sueño de la no muerte, para hacerle después a él, inerte sombra del alma, renacer a la vida, a tanta vida como le quede. La manía melancólica se desata a través de estas canciones que, con la sola atadura de la magia melódica de la voz el canto agavilla en aleación única, en un aliento mineral cerrado, herido, hirviente, a punto de lograr la fusión alquímica del timbre de una voz inmortal, que se reconoce cristalinamente y se distingue del resto de las voces mortales e inmortales. Cantor mítico, Amancio Prada, a través de sus canciones, pero siempre al límite y más allá de ellas, con su voz. Así fueron los poetas que sembraron de poderes sobrehumanos, de multitud de formas y divinidades, subterráneas, marinas o aeromorfas, el pensamiento y la vida del adolescente género humano. Y así se nos muestra hoy, irremediablemente lejos de aquella edad primordial, el mejor exponente que conocemos de esta magnífica estirpe de iniciados por Apolo al misterioso lenguaje de la lira. Cantor del puro canto, que canta extremando la gravedad de cada nota y letra, hasta lograr que la canción se trascienda a sí misma, y que trascienda en sí todo lo que ha logrado unirse a ella. Volver a escuchar a Amancio Prada, una y otra vez, es especialmente saludable para aquellos que vagan, arden en el infierno de algún cielo cerrado, o tiritan de frío bajo las lluvias que están aún por caer sobre la tierra. Porque su voz no vendrá a repetirse cuando vuelva a sonar, ni a repetirnos nada que ya nos hubiera dicho, sino que traerá en cada nueva rama, un nuevo fruto del árbol frondoso de la imaginación creadora, que es el árbol de la vida, y que es necesario que Amancio Prada siga guardando para todos con el arte de su voz, como la serpiente divina o el ángel espectral a las puertas del Paraíso. Juan Carlos Marset

Juan Carlos Marset


Manuel Vicent



La voz de Amancio Prada, que emerge de un lirismo abrasado, te obliga a cerrar los ojos y muy pronto una lejana memoria de cariz renacentista puebla tu luz interior de álamos y vuelo de halcones, de doncellas bordadoras y rumor de monjes miniados. Una alondra canta en el ciprés de la abadía. Cazadores con jubón van detrás de las becadas. Hay corzos vulnerados en las verdes riveras, los arroyos sonoros aún son virginales, las majadas están llenas de largos balidos de silencio y todo huele a heno y pan candeal. ¿Qué tiene este joven tan azul?. Se podría decir lo de siempre, que Amancio Prada es un trovador: Uno lo imagina al pie de las celosías, en las antiguas plazas de piedra o acampado fuera de las murallas en carreta de cómicos de la legua, dentro de una soledad que percuten las esquilas del ganado y los yunques del herrero, aunque tal vez está ahora en el escenario de un teatro abarrotado de público moderno cantando dulces cosas ácratas de García Calvo. Pero da igual. Una letrilla de Lope de Vega lo devuelve enseguida al lugar de origen. Una cántiga galaica, un villancico, una nana o una sonatina de Juan Ramón Jiménez lo recuperan para la imaginación de antaño. La voz de Amancio Prada, ligeramente quemada de mística en la cresta, recita la música, hace manar la melodía de una forma silábica y cristalina. Existe en ella algo de códice, libro de horas o canto de palacio. Este joven del Bierzo, de rostro claro, hijo de agricultores, que fue infantillo de coro eclesiástico y cantante en orquestinas de pueblo, estrenó la modernidad estética en París rodeado de la mitología de Mayo, de donde regresó a la tierra con arreos vaqueros, de una suave rebeldía poseída por la espiritualidad. Desde entonces está investigando con rigor en sacarle el alma, en su tonalidad más pura, al sonido de la memoria culta y popular. Poetas antiguos y modernos han unido sus cadencias a una voz nunca maculada que te obliga a cerrar los ojos. Canta Amancio Prada, vuelan aves aún medievales y el público que abarrota el recital, después de cada canción, sorbe mosto de granada.

Manuel Vicent


Domingo García-Sabell


A Coruña, 8-VIII-95

Mi querido amigo,

(...) A propósito de Ernst Jünger. Allí estuvimos tú y yo en la ceremonia de la investidura del escritor como doctor "honoris causa". ¡Qué feliz coincidencia! Verás por qué.

Jünger ha acertado a definir la música  –si es que puede ser definida– con acierto y sutileza simultáneas cuando afirmó que el lenguaje musical nos lleva no sólo a las fronteras de las palabras, sino, además, a las de la percepción, ("Der Musik führt nicht nur an die Grenzem des Wortes, sondern an die Warnehmung"). Y más adelante añadió que la obra de arte se alcanza cuando llega a esos límites y aún amaga con superarlos. Entonces ello suscita "un arrobamiento e incluso temblor", ("einen Schauer und selbst ein Schaudern").  Llegando a este extremo, dice algo que, según yo pienso, es definitivo. Y, desde luego, totalmente aplicable a tu arte, a saber, que, en última instancia, no se trata de insuflar vida a la materia, sino de reconocer la vida que hay en ella y ponerla en libertad. Por eso "en toda gran obra se engendra una resurrección", (Auferstehung ist daher in jeden grossen Werk").

(...) Es la de la emboscadura, el resultado de perderse en el bosque, excepcional y generoso regalador de toda personal autonomía con potencia suscitadora de nuevas realidades, esto es, con capacidad de fecundar la oculta realidad. Para demostrarlo he ahí la resurrección que operas en los versos cunqueirianos y en los de San Juan de la Cruz.

Crear es el más alto grado de realización a que puede llegar la criatura humana. Con lo cual, además, conquistas alturas nunca antes conquistadas. Atrás quedan las chabacanerías del mal folclore, atrás quedan toda casta de vulgaridades. Hay, pues, en tu obra, una  verdadera recuperación. Y, cómo no, una liberación. Andamos sumergidos en vulgaridades artísticas y en falsedades creadoras. Tu empresa gana, así, un complemento de transcendencia. Y de permanencia. ¿Recuerdas los versos de Hölderlin?: "Lo que los poetas fundan eso es lo que permanece".

(...)  Solía decir don Ramón del Valle-Inclán que "crear belleza es acertar con el punto de la eternidad". En esa ideal e inalcanzable diana has clavado tú poemas y armonías sin cuento. Y sigues con eso la intuición de Schopenhauer  –creo que fue Schopenhauer– cuando afirmaba que la música nos entrega "el corazón de las cosas". Y esto, justamente esto, es lo que las palabras y los "sones bien concertados" de tu inspiración han metido dentro de mi alma.

(....) Muchas más cosas podría decirte pero me temo que excederían el contenido de una carta. El contenido de una gratitud. Muchas gracias pues. Y un cordial abrazo de tu siempre amigo y siempre admirador.

Domingo García-Sabell
SIRO2
Siro 2
 
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