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Amancio Prada (voz, guitarra y
zanfoña)
Rafael Ramos (violoncelo)
Jesús Corvino (violín)
Rafael Revert (flauta)
Miguel Borja (oboe)
Lola Atance (voz)
Fotografía
de Pablo Sorozábal Serrano
Diseño Gráfico, José Luis Hontoria
Técnico de sonido, Juan Vinader
Grabado en Sonoland, Madrid, mayo de 1979
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De aquellos tiempos y
canciones dijo Agustín García Calvo:
Tener otra vez la suerte de
oír cantar a Amancio Prada, dejarse oírlo más y más, olvidándose en las ondas de la
voz o perdiéndose un poco por lo menos; que ésa debe ser la virtud del canto: que,
siendo también palabras contantes y sonantes, ellas quedan entregadas al discurrir
incesante, fluido, vivo, languideciente, abandonadas al ton y al son; que siendo orden,
como que principio de orden era el ritmo, la pretensión de tener y mantener el orden va
quedando derrotada y perdida en la sucesión, en el tiempo, como la gente dice sin saber
lo que dice, en la imposibilidad de que sea asible ni estable nada que venga por los
oídos. Y así las estructuras del alma, que son del Estado y del Dinero, se deshacen y
desvanecen al oír y volver a oír. Ésa es la virtud del canto, y en especial de aquellos
modos de canto a que Amancio parece cada vez más enamoradamente dedicarse, aquéllos que
vienen del pueblo, de la gente que no se sabe ni se cuenta, o sea que no se sabe de dónde
vienen, o que vienen por lo menos, a falta de tan buena gracia, de algunos que han tratado
de imitar los sones inimitables de la gente. Sea ésa la virtud del canto y de la voz de
Amancio para los que tengan la ventura de volver a oírlo. Ni pese tampoco que esa voz,
tan culta como emocionada, se corresponda con una cara y con un nombre: pues, aunque sea
verdad que la Ley condena la voz de Amancio Prada a ser suya, y por tanto de la Cultura y
el Comercio, al mismo tiempo también la voz de Amancio mana (y de ahí lo ambiguo de su
hechizo) de manantiales oscuros, que están mucho más allá y más abajo de la persona y
de los nombres. Felices los que oigan.
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