Un día del año 1976, firmando ejemplares
de mis dos primeros discos, VIDA E MORTE y ROSALIA DE CASTRO, en El Corte Inglés de Vigo,
apareció por allí mi amigo Carlos Casares en compañía de Alvaro Cunqueiro. Nos
presentó y estuvimos charlando un buen rato. Me dijo entonces Cunqueiro que me iba a
mandar un artículo que había escrito y publicado en El Faro de Vigo sobre mis canciones
de Rosalía... La verdad es que nunca llegué a ver aquel artículo suyo, pero me hace
ilusión pensar que existe o que existió en su imaginación, aunque me quede con las
ganas de saber qué decía.
Aquella fue la primera vez que vi a Cunqueiro. La
segunda y la última sería años más tarde, en el otoño de l980: Había dado un recital
en Vigo y, paseando por la ciudad, vi expuesto en el escaparate de una librería, recién
editado, el primer tomo de su obra en gallego completa, POESIA E TEATRO.
Compré el libro y con la disculpa de que me lo firmara le llamé y quedamos en vernos por
la tarde en su casa. Me acompañó Victor Freixanes. Don Alvaro nos ofreció un café con
una copa de aguardiente de hierbas. Un sol alicaído doraba las manzanas extendidas en un
rincón de la sala. Hablamos de Lord Dunsany, de los Primeros Trovadores y de las novas
cantigas de aquel libro que me estaba dedicando... Cuando le comenté mi propósito de
ponerles música se le alegró la cara. Quedamos en volver a vernos. Al despedirnos,
trataba de imaginarme al Cunqueiro mozo que había escrito DONA DO CORPO DELGADO...
El mismo que ahora estará viviendo alguno de sus maravillosos mundos soñados, junto a
Merlín y familia, con Bernal de Bonaval y con Mendiño, rondando a la princesa aquélla
de la garganta de cristal, sob os abelaneiros frolidos...
Amancio Prada, 1987
CUNQUEIRO
Obispo de plata y olvido, padre gordo de mis almuerzos célebres,
cuerpo de sochantre con un alma de bardo atlántico que le cantaba dentro. Trombón mayor
de la prosa y el verso galaicos, contrapunto obeso de la gaita y de la flauta, que de
pronto empezaba a parir en sus versos gaiteros y flautistas. Incomprensible y comprensivo
Alvaro, mi provinciano genial en Madrid, a quien sólo Amancio Prada ha entendido como
generador de pentagramas que sólo están, escritos a pulso, en el aire/mar (airemar) de
Galicia.
Así las cosas, siempre que quedábamos para comer, Cunqueiro invitaba
a un ángel, y el ángel comía poco, ésa es la verdad, pero Cunqueiro le interpelaba
como si en realidad estuviese allí, Casa Guría, calle de las Huertas, Madrid. No sé
qué decir de aquel cruce de arcángel y cardenal que fue Cunqueiro. Los cardenales son
unos ángeles que se frustran por impacientes. Prefieren los poderes terrenales de Anthony
Burguess. Los ángeles son los atletas de Dios, unos seres teológicos en las listas del
paro, que nunca llegarán a cardenales. Cunqueiro vivía por dentro toda esa revolución
menos social que teológica, alimentaba a sus ángeles interiores con setas de Mondoñedo
y guisaba él solo para todo el santoral y todas las putas que llevaba en el alma. Dejó
dichas cosas que son música, y así las ha puesto Amancio. Islas donde celebrarle. El era
una isla humana pobladísima de imaginación. Nuestra fiesta ocurre dentro del mapa
mágico que él era. Y la lengua galaica con que la rozara, al paso, Rosalía.
Francisco Umbral
(Febrero, 1987)
(Texto escrito con motivo de la presentación del disco de Cunqueiro en
la isla de San Simón,
donde situó el trovador Meendiño su famosa y única cantiga suya conocida,
"Sedíame eu na ermida de San Simón")